Los primeros años de mi vida y de colegio los pasé al sur de Chilito, en una de las ciudades que considero más bella de este país, Valdivia. Todo el bosque y la pampa era mía, corría y jugaba con mis hermanos y vecinos con una libertad inimaginable para los niños de hoy, la bici era nuestro medio de transporte, aunque también construíamos nuestros propios carritos, con pedazos de madera y con rueditas recicladas de algún articulo familiar, yo era la única mujer, pero era como si fuera uno más del grupete, no me quedaba otra que insertarme en ese mundillo, porque sino moría de aburrimiento, dándole de comer a las muñecas sentada sola en una mesita, prefería el movimiento, así que feliz disfrutaba persiguiendo ovejas, que pastaban libres atrás de nuestra casa en la Isla Teja, comiendo granizos que con mis hermanos despegábamos de los desagües de las casas, armando clubes debajo de los árboles caídos en los temporales, respirando ese olor a tierra húmeda tan maravilloso de esas latitudes.
Un buen día todo eso se acabó, igualito que como a Heidi la pescaron y la dejaron caer en Frankfurt me hicieron a mi, dejándome en la selva de cemento santiaguina. La magia del sur se acabó y me vi interactuando con una tribu muy urbana, pero muuuuy urbana, yo que estaba tan acostumbrada a los espacios amplios y muy verdes, de pronto todo se me tiñó de gris, la suavidad y humedad del pasto, se transformó en esa cosa áspera, dura, impenetrable que es el cemento y algo le pasó a mi capacidad de expresarme, o digamos que algo me pasó cuando me vi en esta realidad tan diferente, con gente citadina que se sabía mover en este entorno y lo hacía rápido y naturalmente, yo sencillamente no sabía, me costó una inmensidad y poco a poco mi quinto chakra se fue cerrando, quizás porque lo que yo tenía que decir tenía que ver mi sur querido y no encajaba en esta city.
Ahora que por fin vuelvo a habitar en la naturaleza, después de 35 años que me tomó volver a salir de Santiago y he venido a vivir frente al mar, mi quinto chakra empieza a desbloquearse a abrirse y entonces me animo a escribir, a expresar, como un ejercicio para soltar y lanzarme a la expresión.
Ja, suena hasta chistoso, es un juego, un ejercicio.
Igual me hace sentido pensar que el cemento bloquea la conexión natural con la tierra, que hay una buena cantidad de hormigón que cierra todo paso y contacto y que tanta edificación corta toda visibilidad y posibilidad de tener un horizonte donde extraviar la mirada y los pensamientos y entrar en trance, en una conexión interior pura y exquisita. En mi caso las plazas eran espacios amorosos de conexión con la tierra, a pata pelaa y con árboles donde apoyar la espalda, pero nunca fue suficiente, siempre me quedaba con la sensación de que algo me faltaba, de que la tierra y el pasto de esa plaza inserta en medio de la ciudad eran poco profundos para realmente conectar con la pachamama.
Y ahora que vivo en el mar y tengo arena y tengo mar y un horizonte donde perderme agradezco profundamente esta posibilidad de reconectar y desbloquear mi quinto chakra y ponerme a cantar.
Gracias totales.
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